Vicente Riva Palacio

Vicente Riva Palacio

1832

Descendiente de Vicente Guerrero, uno de los héroes de la Independencia, Vicente Riva Palacio (1832-1896) heredó junto con su nombre aquella brillante tradición patriótica. Participó destacadamente en la lucha contra la intervención y, a la caída del imperio, dispuesto a consagrarse a las letras, abandonó la carrera militar aunque no la política. Sirvió importantes puestos públicos y expresó con valentía sus opiniones, lo que determinó que fuera encarcelado —allí escribiría algunos de sus mejores versos. Al final de sus días, representó dignamente a su patria en Madrid, donde murió, a la edad de sesenta y cuatro años.

    José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván y Mariano Meléndez y Muñoz fueron los primeros cultivadores de la novela histórica de asunto colonial que se afirmaría definitivamente con las obras de Justo Sierra O’Reilly; pero la madurez y la decadencia de esa rica veta novelesca debe adscribirse al fecundo y versátil escritor que fue Vicente Riva Palacio.

Poeta, dramaturgo, historiador y prosista satírico, el general Riva Palacio debe casi todo su renombre a sus novelas. En su primera obra de esta naturaleza, Calvario y Tabor (México, 1868), narró, con el fácil estilo que lo distingue, sus memorias de la lucha contra la intervención. Pero antes que continuar aprovechando sus recuerdos inmediatos en sus novelas siguientes, volvió los ojos al mundo abigarrado y rico de episodios excitantes que le ofrecía el pasado colonial. El ser poseedor de la mejor parte de los archivos de la Inquisición de México, lo impulsó a la empresa y, al mismo tiempo que se informaba para los relatos con que contribuiría en El libro rojo (México, 1871) y para la que habría de ser su historia de El virreinato —tomo II de México a través de los siglos (Barcelona-México, 1884-1889), cuya dirección estaba a su cargo—, deteníase en aquellos secesos que percibía susceptibles de elaboración novelesca. Así fueron apareciendo, primero, las que llama memorias o historias de los tiempos de la Inquisición: Monja y casada, virgen y mártir; Martín Garatuza, continuación de la anterior —ambas publicadas en México, 1868— (México, 1869). A éstas les sigue una novela de asunto típicamente romántico, como ha hecho notar Castro Leal, en la narración de un médico holandés, Juan Esquemeling, sobre la vida y aventuras de los bucaneros del siglo XVII. Novelas históricas son igualmente las dos últimas que publica: La vuelta de los muertos (México, 1870) y Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (México, 1872), que cuenta la fantástica vida de este personaje, también relacionado con la Inquisición de la Nueva España.

    A pesar del intenso sentido narrativo que poseía Riva Palacio no son sus novelas las mejores obras de su pluma. Frente a los movidos y romancescos episodios que descubría en los legajos de la Inquisición o en los viejos relatos coloniales, lo único que le ocurría hacer era aumentar, con su viva y fácil imaginación, la natural truculencia de sus fuentes, y luego dosificarla convenientemente en las páginas de sus gruesas novelas. Sabía ciertamente hacerse leer hasta el final, manteniendo siempre suspensa la curiosidad de sus lectores, y sabía también trazar aquí y allá unos giros o términos arcaizantes que dieran sabor de época a su relato; pero no supo tocar otra cuerda que aquella distintiva precisamente de los narradores folletinescos, la truculencia. Sus caracteres son tan extremosos como acartonados y sus acciones oscilan siempre entre un repertorio tan reducido como largamente experimentado. Y si llegó a encontrar y a expresar algo que consideramos, gracias a él, el tono y el sabor peculiares de una época, podemos presumir que acaso la simplificó excesivamente reduciéndola a aquellos rasgos violentos que le ofrecían los procesos de la Inquisición. Ningún artificio o libertad lo arredró. Para adornar innecesariamente una de sus historias, Cuauhtémoc tiene unos lopescos amoríos con una dama española y se expresa en un lenguaje de cómica prosopopeya; en otra de sus novelas, cuya acción se sitúa en 1615, interviene una absurda Sor Juana Inés de la Cruz, de cuarenta y cinco años, cuando sabemos que sólo nacería en 1648, y así sucesivamente. Las novelas de Riva Palacio, excepción hecha de la primera que se refería a hechos directamente conocidos, son pues novelas históricas que si dan por primera vez una imagen expresiva del pasado a que se refieren, muestran un arte limitado y primitivo. Más que novelas históricas, son en rigor novelas folletinescas sobre asuntos históricos. Si aquellos novelistas mexicanos considerados equivocadamente como folletinescos —Inclán y Payno— sobrepasan las reglas del género para ser más bien grandes costumbristas, Riva Palacio, por el contrario, al llevar a la novela histórica mexicana del siglo XIX a su ápice, la llevó también a su disolución hasta convertirla en folletinesca.

    Y es que, a pesar de los éxitos que en estas empresas conquistaba, su verdadera maestría sólo se manifestó en sus poesías líricas y en sus escritos satíricos y humorísticos. Sus preciosos Cuentos del general (Madrid, 1896) son considerados con justicia sus mejores creaciones narrativas y algunos de los más hermosos cuentos de nuestro siglo XIX. En los de asunto colonial, da con una discreta y sabrosa ironía que no acertó a expresar en sus novelas; y en todos, muéstrase castizo, gracioso e intencionado siempre y dueño de una sobriedad antes ausente de los frutos de su imaginación.

    El escritor satírico que había ejercitado largamente su pluma en las páginas del “Seminario feroz, aunque de buenos instintos”, que se llamó El Ahuizote (México, 1874-1876), pudo trazar, en 1882, la incisiva y picante “galería de contemporáneos” que denominó Los ceros y firmó, con más discreción que temor, con el seudónimo de Cero. Como bien lo percibieron sus lectores y aun los aludidos, aquel libro lograba mantener un equilibrio tan difícil como peligroso. La sátira y la ironía, el tono constante de zumba y desenfado, no caían en ningún caso en la difamación ni en la maledicencia; diríase que respetaba tácitamente el decoro y la calidad de sus personajes y que, al mismo tiempo y con igual medida, los ponía frente a un espejo contrahecho que revelaba con amistosa e inofensiva burla las debilidades y los defectos de aquéllos. El peruano Carlos G. Amézaga, que visitara México unos años más tarde, comparaba Los ceros con un agudo bisturí que cosquilleaba sobre la piel de los retratados, sin herirlos nuca. Y podría pensarse, ciertamente, que con ello mostraba Riva Palacio su nobleza personal no menos que la calidad literaria de su obra. Sólo en algún caso, como en la estampa de Justo Sierra, parece que una secreta envidia enturbia sus líneas; pero lo común es una ironía cordial e inteligente. Cuando forja pastiches de los estilos de sus modelos es insuperable; y cuando del gracejo pasa a la meditación, es capaz de dejarnos observaciones tan sagaces como esta que aparece en el capítulo dedicado a Alfredo Bablot y que anticipa con singular precisión conceptos bien conocidos:

El fondo de nuestro carácter —escribe Riva Palacio—, por más que se diga, es profundamente melancólico; el tono menos responde entre nosotros a esa vaguedad, a esa melancolía a que sin querer nos sentimos atraídos; desde los conatos de nuestros pastores en las montañas y en las llanuras, hasta las piezas de música que en los salones cautivan nuestra atención y nos conmueven, siempre el tono menor aparece como iluminando el alma con una luz crepuscular.

La poesía de Vicente Riva Palacio no es menos interesante que su obra novelesca, satírica o histórica. Los ciertos que guardan Páginas en verso (México, 1885) y Mis versos (Madrid, 1893), con ser pocos, son de primera calidad. Sus poesías descriptivas, dentro de la corriente iniciada por su correligionario y amigo Altamirano, revelan un vivo sentimiento del paisaje y finas dotes impresionistas. Menos fortuna tuvieron los débiles poemas que llamó “Episodios” en los que se sirvió de asuntos de historia colonial, como los que inspiraban sus novelas, o simplemente legendarios. Intachables, en cambio, son algunos de sus sonetos, como “Al viento”, “El Escorial” y “La vejez” cuya elegancia y grave emoción tienen pocos paralelos en nuestra lírica.

Libros

Las dos emparedadas

1869

El libro rojo : 1520 1867 Tomo II

1905

El libro rojo : 1520 1867 Tomo I

1905

Calvario y Tabor : novela histórica y de costumbres

1923

Monja y casada, virgen y mártir : historia de los tiempos de la Inquisición Tomo II

1903

Monja y casada, virgen y mártir : historia de los tiempos de la Inquisición

1903

Martin Garatuza : memorias de la inquisición / Vicente Riva Palacio.

Cuentos del general