Ramón López Velarde

Ramón López Velarde

1888

En tanto que otros poetas de su tiempo han visto algo oscurecido el prestigio que disfrutaron, el gusto por la obra de Ramón López Velarde (1888-1921) se ha mantenido y crecido desde el año de su temprana muerte. Ya no es un escritor sólo apreciado por las minorías letradas y comienza a ser disfrutado por los lectores comunes. Él concertó y cristalizó nuestro moderno sentido de la nacionalidad; con su sensibilidad imaginativa, nos reveló las sombras y el secreto de nuestro corazón y de nuestros sentimientos, y su obra es el punto de partida de nuestra poesía contemporánea.

    El periodo vital decisivo de la existencia de López Velarde—de sus veinte a sus treinta años, de 1908 a 1921— queda casi totalmente comprendido en el periodo de nuestra historia política llamado revolución. Cuando conoce a Madero, en 1910, tenía veintidós años; cuando muere, 1921, el país inicia apenas una tentativa de paz e instituciones. A pesar de ese temperamento reaccionario que él mismo confesaba, debió convivir, pues, con una violencia que tanto se le oponía. Y aunque lo lastimase, realizó una obra paralela en sentido a aquel movimiento histórico. Aleccionante a este respecto es el ensayo “Novedad de la Patria”, de El minutero, donde analiza nuestro concepto de la patria donde volvemos después de años de sufrimiento, “por amor […] y pobreza” para sentirla “menos externa, más modesta y probablemente más preciosa”. En tal sentido, su exaltación amorosa de la provincia, primero, y su poema cívico, después, son la contribución “revolucionaria” de quien políticamente se sentía un “reaccionario”. Al mismo tiempo, su obra forma parte del amplio movimiento de revaloración nacionalista —de los valores literarios, la pintura, la arquitectura y el arte y la música populares— que comienzan a estudiarse y apreciarse a partir de la generación del Ateneo.

    Sólo llegó a ver publicados dos libros de versos. El primero fue: La sangre devota (1916) —proyectado desde 1910—, cuyo título y mensaje delatan al provinciano que aún no olvida su tierra zacatecana no el fervor por su pureza. La inspiradora de sus primeros poemas es Josefa de los Ríos, Fuensanta para él, que era ocho años mayor que el poeta y murió en 1917. Este amor primero no pasó del límite de los versos, y con él perdió López Velarde las amarras que más profundamente lo sujetaban al mundo de su adolescencia.

    Hacia 1916 inicia una relación sentimental con Margarita Quijano, maestra culta y hermosa, hermana de don Alejandro y diez años mayor que el poeta. Su noviazgo con “la dama de la Capital” fue breve.

    En su segundo libro Zozobra (1919), puede advertirse la marca que habían dejado en ánimo las experiencias de la ciudad, “flores de pecado”. En lugar del agua clara de la provincia, bebe un licor cálido de uvas que le revela la síntesis de su zodiaco, el León y la Virgen. Pero sus nuevas experiencias eróticas sólo le dejan un sentimiento de frustración, desencanto del placer y la conciencia de la patética cercanía del amor y la muerte. La más conturbada expresión de esta dualidad queda en “Te honro en el espanto”, en el que todas las alusiones amorosas tienen una correspondencia fúnebre y el amor mismo es “un puente de abismo en que vamos tu y yo”, como el límite de la vida y de la muerte, del bien y del mal, al que el poeta se abraza consciente de su fatalidad.

    Sus últimos poemas, reunidos en El son del corazón (1932) después de su muerte, continúan expresando sus conflictos, sus obsesiones y sus fascinaciones, pero acentúan la complejidad expresiva que ya aparecía en Zozobra. El juego imaginativo se vuelve más intelectual y osado, y hay algo como un vértigo de los espejos verbales, de las imágenes sorprendentes a veces estrafalarias y a veces afortunadas.

    Ramón López Velarde merece en verdad el título de poeta por haber expresado en un lenguaje constantemente renovado, como recién nacido, su mundo dramático y pleno de imágenes. Si ya en su primer libro aparecía un lenguaje lírico conformado, en los siguientes acogió nuevas experiencias expresivas e intentó traducir con ellas sus concepciones poéticas. Varía su espíritu en cada uno de sus tres libros de poesía; varía también su retórica, pero no cambia ni aumenta su temperatura lírica. ¡Cómo olvidar poemas como “Mi prima Águeda”, “La bizarra capital de mi Estado”, “En las tinieblas húmedas”, “Por este sobrio estilo” y “Un lacónico grito”, de La sangre devota; “Mi corazón se amerita”, “Tus dientes”, “Tierra mojada”, “El retorno maléfico” y “La lágrima”, de Zozobra; y “El son del corazón”, “Si soltera agonizas”, “Vacaciones”, “El sueño de los guantes negros” y “La suave Patria”, de El son del corazón?

    Este último poema, “La suave Patria”, es excepcional en la poesía de López Velarde. Quien sólo había cantado su mundo íntimo y sus expresiones sensuales y mundanas, canta ahora la Patria. Y aunque anuncia que adoptará por una vez la modulación grave, vuelve a emplear los recursos libres y líricos que eran su dominio. Rehúye el santoral heroico habitual, salvando a Cuauhtémoc, y hace la exaltación de la Patria con recuerdos de cosas nimias y personales, con adivinaciones proféticas (el petróleo), con rasgos de alegrías populares, con imágenes femeninas de la providencia y con un despliegue imaginativo fascinante.

    Escrito en ocasión del primer centenario de la consumación de nuestra Independencia, 1921, el mismo año de la muerte de su autor, “La suave Patria” es un poema que muestra la transmutación de la experiencia personal de López Velarde en sus últimas composiciones —retorno nostálgico, por desencanto del mundo, a la pureza provinciana— en una experiencia nacional. La doctrina de su mayor poema es la del retorno a los orígenes, que él nos presenta revestidos de todas las galas, femeninas y tradicionales, con que su imaginación sentía a México. Pero, al mismo tiempo es, técnicamente, la suma de las experiencias verbales de López Velarde en el resto de su obra, llevadas a un intento de mayor popularidad. Poema de transición, pues, entre su manera íntima y su manera “nacional” —que no llegó a realizarse— “La Suave Patria” es un impuro canto lírico y un canto épico subjetivo y caprichoso. Por razones tan oscuras como la de nuestra adhesión a la “x” del nombre de México, es ya para muchos mexicanos una especie de segundo himno nacional lírico, intocable y ya tradicional.

    En 1923, segundo aniversario de la muerte del poeta, su amigo cercano Enrique Fernández Ledesma editó El minutero, preciosa colección de algunas prosas de López Velarde. Por la calidad de su estilo y su importancia para el conocimiento de la intimidad de su autor, El minutero solo bastaría para que López Velarde tuviese un lugar destacado entre nuestros escritores. Alternando los poemas en prosa, los ensayos y las crónicas, estas páginas tienen un cordial equilibrio de emoción y pensamiento, de humor y penetración, que ennoblece muchos de sus temas. Algunos de estos textos parecen comentarios o anotaciones previas de ciertos poemas, y algunos otros guardan revelaciones sobre la intimidad espiritual y el pensamiento de López Velarde. Así, por ejemplo, en “Novedad de la Patria”, que desarrolla la penetrante y fértil doctrina sobre este tema, o en esas intensas confesiones eróticas o trascendentales de los ensayos titulados “Obra maestra”, “La flor punitiva”, “José de Arimatea”, “Fresnos y álamos” y “Eva”, dignos de la más rigurosa antología.

    Gracias al interés nunca decaído por López Velarde, a partir de 1945 y hasta la fecha —especialmente en 1988 en que se celebró el centenario de su nacimiento—, el conocimiento de su obra se ha enriquecido con la divulgación de textos desconocidos: poemas, prosas líricas y crónicas, crítica literaria, artículos políticos y epistolario.

    Des este caudal de nuevos textos, algunos son especialmente valiosos. Entre las prosas líricas, merecerían formar un estricto segundo volumen de El minutero las siguientes: “Mundos habitados”, “Aquel día”, “Sonámbula”, “Su entierro”, “Hacia la luz”, “Don de febrero”, “Clara Nevares”, “La providencia mental”, “La dama en el campo”, “La derrota de la palabra”, “La Madre Tierra”, “El predominio del silabario”, “Malos réprobos y peores bienaventurados”, “La Avenida Madero” y “Melodía criolla”.

    El muy extenso periodismo político, a pesar de que no tenga calidad literaria, es muy importante para conocer las ideas políticas de López de Velarde, especialmente su temprana filiación maderista.

    Los artículos de crítica literaria nos fuerzan a reconocer que López Velarde no fue un “ingenio lego” sino un escritor que discurría con familiaridad entre libros y tendencias, y con juicios perspicaces. Tienen especial interés “La corona y el cetro de Lugones”, el artículo sobre Tablada y la carta que le envió en 1919, acerca de la poesía ideográfica.

    En fin, entre sus cartas conocidas, las que dirigió a su amigo y protector Eduardo J. Correa son importantes para conocer la evolución de su pensamiento político y las violentas reacciones del licenciado Correa ante las nuevas ideas del poeta.

    Los libros iniciales y la totalidad de los nuevos textos descubiertos de Ramón López Velarde con un estudio preliminar, cronología biobibliográfica y notas textuales se reúnen en la “Edición del centenario” (19990) de Obras, al cuidado de José Luis Martínez.

Libros

Tres libros de poesía

La suave patria

1921

El Minutero