Manuel Acuña

Manuel Acuña

1849

Manuel Acuña, hijo de Francisco Acuña y Refugio Navarro, nació en Saltillo, capital del estado de Coahuila, entre el 25 y el 27 de agosto de 1849. Recibió de sus padres las primeras letras e ingresó luego en el colegio Josefino de su ciudad natal para realizar estudios secundarios. A los dieciséis años, en 1865, viene a México. Se inscribe, como alumno interno, en el colegio de San Ildefonso donde cursa latinidad, matemáticas y filosofía. Al año siguiente, inicia sus estudios en la escuela de Medicina. Fue un estudiante distinguido aunque inconstante.

Cuando muere, en 1873, sólo había concluido el cuarto año de su carrera. En los primeros meses de sus estudios médicos vivía en un humilde cuarto del exconvento de Santa Brígida, de donde se trasladó al cuarto 13 del corredor bajo del segundo patio de la Escuela de Medicina, el mismo que años antes habitara otro infortunado poeta mexicano, Juan Díaz Covarrubias. Allí se reunían muchos de los escritores jóvenes de la época, Juan de Dios Peza, Manuel M. Flores, Agustín F. Cuenca, Gerardo M. Silva, Javier Santa María, Juan B. Garza, Gregorio Oribe, Francisco Ortiz, Miguel portilla, Antonio Coéllar y Argomániz, Juan de Dios Villalón, Vicente Morales y otros. Allí fue donde, una tarde de julio de 1872, algunos de los poetas del grupo inscribieron sobre un cráneo, como sobre un álbum, pensamientos y estrofas.

    En 1868 inició Acuña su breve carrera literaria. Diose a conocer con una elegía a la muerte de su compañero y amigo Eduardo Alzúa. En el mismo año, impulsado por el renacimiento cultural que siguió al triunfo de la República, participó en las fundaciones de la Sociedad Filoiátrica y de Beneficencia y de la Sociedad Literaria Netzahaulcóyotl. Agrupánbanse, en esta última corporación —que inauguró sus sesiones en el patio del exconvento de San Jerónimo—, los escritores jóvenes de la época, en su mayoría discípulos de Altamirano, que fieles a sus prédicas nacionalistas procuraban crear una literatura original. Los trabajos presentados en la Sociedad publicáronse en la revista El Anáhuac (México, 1869) y en un folletín del periódico La Iberia intitulado Ensayos literarios de la Sociedad Netzahualcóyotl. Este folleto puede considerarse como una de las obras de Acuña, ya que contiene, además de trabajos de otros escritores, once poemas y un artículo en prosa suyos. Acuña perteneció, además, a otras sociedades literarias de aquellos años; desde luego, al Liceo Hidalgo, la más importante entre ellas. Fue colaborador de revistas y periódicos como El Renacimiento (en 1869), El Libre Pensador (en 1870), El Federalista (en 1871), El Domingo (en 1871-1873), El Búcaro (en 1872) y El Eco de Ambos Mundos (en 1872 y 1873). Tres de sus poemas aparecieron al frente de la antología llamada Lira de la juventud.

    En abril de 1871 muere su padre, al que dedica una sentida elegía. “Lágrimas”. El 9 de mayo de 1872, con gran éxito, se estrenó —tras de haber permanecido varios meses sin atención en poder del actor Eduardo González— su drama El pasado en el Teatro Principal, representando el papel principal la famosa actriz Pilar Belaval. El 11 de junio fue repuesto en la escena y, en prenda del triunfo alcanzado, varias corporaciones literarias entregaron a su autor cuatro coronas de laurel, las que iría a ofrecer a Rosario de la Peña, pasión e inspiración de Acuña como de tantos otros escritores de la época.

    Cuatro figuras femeninas hay en la vida del poeta: la hasta hoy no identificada Ch…, a quien están dedicados algunos poemas de 1868; Soledad o Celi, una mujer del pueblo, lavandera, constante devota suya; Laura Méndez, la poetisa y Rosario de la Peña. La huella de los amoríos con Laura puede seguirse en algunos poemas de Acuña, de 1872, y en otros de la poetisa como el intitulado “Adiós” —clara respuesta a los poemas “Resignación” y “Adiós” de Acuña.

    La historia de su relación con Rosario pertenece ya a la leyenda. A la musa de nuestro romanticismo dedicará la mayor parte de sus últimos poemas y ella aparecerá, acaso injustamente, como la causa del suicidio del poeta, a los veinticuatro años, el 6 de diciembre de 1873, cuando apenas iniciaba una obra animada por las mejores promesas. Parecía perseguirle la obsesión del suicidio. En una carta a Ramón Espinosa, de enero de 1873, le dice que no fuera por el temor de “caer entre las garras del cornudo (vulgo…demonio)”, ya habría dejado de existir. A la mujer a quien se dirige el poema “Resignación” —probablemente Laura Méndez—, le propone, en la última estrofa, un suicidio adornado con poéticas imágenes, y, según lo relató la misma Rosario de la Peña, Acuña, en alguna de sus últimas entrevistas, le propuso que apuraran ambos un veneno que le presentaba, porque debía “ser bella la muerte en compañía”. Pero haya muerto Acuña alentado por su mórbida obsesión o por el desvío de Rosario —que nunca dio mucha importancia a las ofertas amorosas del poeta—, la posteridad, en póstuma compensación, ha unido sus nombres y ella será siempre “Rosario la de Acuña”. El cadáver del poeta, de cuyos cerrados ojos, se dice, estuvieron brotando lágrimas según él mismo lo había anticipado:

como deben llorar en l’última hora

los inmóviles párpados de un muerto,

velado por sus amigos en la Escuela de Medicina, fue sepultado en día 10 de diciembre en el cementerio de Campo Florido, con la asistencia de representaciones de las sociedades literarias y científicas y de otras corporaciones, además de “un inmenso gentío”. Las elegías y oraciones fúnebres con que se honró su memoria fueron nutridísimas, destacándose las de Juan de Dios Peza, su gran amigo, José Rosas Moreno y Justo Sierra. Este último expresó con singular fortuna, en la primera estrofa de su poema, el sentimiento de dolorosa pérdida que experimentaba la concurrencia:

Palmas, triunfos, laureles, dulce aurora

de un porvenir feliz, todo en una hora

de soledad y hastío

cambiaste por el triste

derecho de morir, hermano mío.

Posteriormente, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombre Ilustres del cementerio de Dolores, donde se le erigió un monumento. En octubre de 1917, el estado de Coahuila reclamó las cenizas de Acuña que, tras de haber sido honradas con una ceremonia en la Biblioteca Nacional, fueron conducidas a Saltillo, su ciudad natal, donde el escultor Jesús F. Contreras había realizado un notable grupo escultórico a la memoria del poeta.

Libros

Poesías

1890

Versos

1874

El Pasado

1891

Poesía completa

1873