Luis G. Urbina

Luis G. Urbina

1868

Luis G. Urbina nació en la ciudad de México el 8 de febrero de 1864. A pesar de la pobreza de su familia pudo hacer los estudios primarios y los de preparatoria. Muy joven entró como redactor a El Siglo XIX, comenzó a publicar poemas y artículos y años más tarde fue cronista y crítico teatral en El Imparcial y en El Mundo Ilustrado. Su carrera periodística le permitió conocer a los escritores de la última generación romántica: Altamirano, Prieto, Riva Palacio, y a los que iniciaban el modernismo: Gutiérrez Nájera, Sierra, Tablada, Valenzuela y al solitario Manuel José Othón. Su entrañable amistad con Gutiérrez Nájera lo haría proseguir en la vena del cronista y en una sensibilidad poética muy cercana a las del Duque Job. Para Justo Sierra, Urbina tuvo profundo afecto y aun veneración. Fue su secretario particular durante su gestión como ministro de Instrucción Pública. Por estos mismos años, Urbina fue profesor de literatura española en la Escuela Nacional Preparatoria y director de la Biblioteca Nacional en 1913.

    En la época revolucionaria, Urbina se expatrió en 1915 a La Habana, donde continuó trabajando como maestro y periodista, y en 1916 pasó a Madrid, como corresponsal de El Heraldo de Cuba. En 1917 estuvo algunos meses en Buenos Aires, en misión oficial, y sustentó entonces un ciclo de conferencias sobre la literatura mexicana. Volvió a Madrid, donde radicaría, designado secretario de la Legación Mexicana, de 1918 a 1920. Hizo un viaje a Italia, volvió por poco tiempo a México en 1921, y de nuevo a Madrid donde se le designó encargado de la comisión Del paso y Troncoso. Allí murió el 18 de noviembre de 1934 y, a fines de este año, sus restos fueron trasladados a México, a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

    En atención a su residencia fuera del país, Urbina fue designado académico correspondiente de la Academia Mexicana.

    Se le ha llamado el último romántico y es también uno de los poetas más representativos de nuestra lírica. Poeta del otoño y de la melancolía, de los crepúsculos y de las voces íntimas, describió los paisajes del mundo y los de su alma con un arte cada vez más hondo y un don de lágrimas cada vez más sabio. Algunos de sus poemas, como “Vespertinas”, “Vieja lágrima” y “El poema del lago”, son admirables por su factura poética, por su tristeza recatada y por la descripción emocionada del paisaje.

    Cronista y cuentista como Gutiérrez Nájera, Urbina siguió las huellas de su predecesor en una prosa fácil y espiritual que conserva los hechos salientes y el temperamento de los últimos años del siglo XIX y el primer cuarto del siglo XX. Compartiría, recordando su propia infancia, el desamparo de los niños menesterosos. En otras ocasiones, trazaba retratos cordiales de los muchos escritores que conoció o comentaba la actividad artística de México o sus experiencias en tierras cubanas y españolas.

    En su madurez emprendió Urbina estudios críticos sobre la literatura en la época de la Independencia (“Prólogo” a la Antología del Centenario México, 1910, luego reimpreso con el nombre de La literatura mexicana en la época de la Independencia, Madrid, 1917) y sobre La vida literaria de México (Madrid, 1917). Más cuidado y completo el primero, que es uno de los mejores panoramas de nuestra historiografía literaria, no opaca por ello las conferencias que integran el segundo, especie de historia sentimental de nuestras letras hasta la época del modernismo, llena de sagaces atisbos y de excelentes estampas.

Libros

Puestas de sol : creer, crear / Luis G. Urbina.