Ignacio Manuel Altamirano

Ignacio Manuel Altamirano

1834

El Maestro Altamirano

    Ignacio Manuel Altamirano nació cerca de Tixtla (estado de Guerrero) el 13 de noviembre de 1834. Sus padres, Francisco Altamirano y Gertrudis Basilio, indígenas puros, habían heredado su apellido del español Juan Altamirano, padrino de uno de sus ascendientes. Al entrar en la escuela, ignorando quizás la lengua castellana, lo separan de la clase privilegiada, de los blancos, de los muchachos “de razón”; pero en 1842, cuando su padre vuelve a ser alcalde de Tixtla, el maestro coloca al niño Altamirano entre la gente “de razón”. Concluida su instrucción primaria, se resiste a seguir un oficio (herrero o pintor) y su aplicación lo hace merecedor a la beca del municipio para estudiar en el Instituto Literario de Toluca, según ley del Estado de México promovida por Ignacio Ramírez, para beneficio de los más aventajados escolares indios. Como bibliotecario de la institución tiene oportunidad de satisfacer aquella curiosidad intelectual que no le abandonará nunca. Allí conoció a Ignacio Ramírez, que será para él constante ejemplo de heroísmo moral y cívico, y cuya elocuencia y sabiduría recordará siempre con entusiasmo. Cuando por los vaivenes de la política los profesores liberales son sustituidos por otros “moderados”, Altamirano abandona el Instituto. Encuentra un acomodo transitorio en un colegio particular donde a cambio de clases de francés obtiene lo más indispensable para su mantenimiento. Pero no se resigna largo tiempo a aquella vida oscura. En los años siguientes, Altamirano se lanza a la conquista de la vida, sufre su primera desventura amorosa, peregrina; se aventura en el teatro y tiene su primer éxito con un drama histórico, Morelos en Cuautla, que un público sencillo aplaude pero que su autor, más exigente, ocultará siempre.

    Ya en la ciudad de México, se inscribe en el Colegio de Letrán para continuar sus estudios. Cuando la revolución de Ayutla, Altamirano deja las aulas por los bosques surianos; sirve como secretario a don Juan Álvarez y, terminada la lucha, vuelve a México a concluir sus estudios de Derecho. En noviembre de 1857 sustenta acto público de tercer año de Jurisprudencia, pronunciando el discurso más antiguo que de él se conoce. Nutrido con las arengas que escucha en las sesiones del Congreso en que se discutía la Constitución liberal de 1857, compartiendo sus ideales políticos y literarios con otros nacientes escritores, Altamirano vuelve a tomar las armas, de nuevo en el sur, para luchar por la Reforma, y entra de lleno por estos años en el periodismo político en el que ya se había iniciado desde los días del Instituto. Surge también entonces el gran orador cívico; en su discurso del 16 de septiembre de 1859, pronunciado en la hoy Ciudad Guerrero, afirma su fe en los destinos de la patria y su voluntad inquebrantable en la instauración de los ideales reformistas. Al triunfo de la causa, Altamirano va al Congreso de la Unión en 1861, donde, el 10 de julio del mismo año, conquista uno de sus mayores triunfos parlamentarios con su célebre discurso contra la amnistía a los enemigos de la Reforma. Los periódicos lo llenan de elogios; su nombre se hace popular y aun el apodo de Marat de los puros que le dan los conservadores es para él una ganancia. Dos años más tarde, la vieja lucha entre liberales y conservadores ha vuelto a plantearse, ahora frente a un enemigo auxiliado por un ejército extranjero. Y Altamirano sirve una vez más a la República; con el grado de coronel, participa (de 1863 a 1867) en importantes acciones militares. Por su actuación en el sitio de Querétaro, se le cita “como un héroe” en la orden general del ejército.

    Al ser restablecida la República, el presidente Benito Juárez ordena que se paguen a Altamirano los haberes que no había percibido. Ello le permite fundar El Correo de México, que publicará en unión de Ignacio Ramírez y Guillermo Prieto, y entregarse por entero a la tarea de construir un espíritu para su patria que ya había reconquistado su existencia. De los años de lucha aprende medularmente tres artes: el del hombre, el del político y el del escritor, y una misión, su vocación sustantiva, la del maestro. Inicia entonces el brillante curso de su magisterio intelectual, convencido de que México sólo podría fortalecerse por el retorno a la propia esencia que le da vida. En 1869 funda, con Gonzalo A. Esteva, la revista literaria El Renacimiento que logra reunir fraternalmente a los antiguos contendientes y promueve toda una época de esplendor en las letras mexicanas. En 1871, participa en la fundación de El Federalista; en 1875 en la de La Tribuna y dirige, durante su primer año, 1880, el diario La República. Muchos otros periódicos y revistas literarias, de ideas liberales, se honran con su colaboración: El Artista, El Domingo, El Libre Pensamiento, El Semanario Ilustrado, El Monitor Republicano, El Siglo XIX, El Nacional, La Libertad, El Liceo Mexicano y El Diario del Hogar. Publica en ellos sus poesías, algunas de sus novelas, crónicas de teatro y misceláneas, bibliografías, ensayos, panoramas literarios, artículos de crítica literaria, artículos costumbristas, artículos políticos, artículos educativos, estudios históricos, y, en una palabra, se esfuerza por registrar los pasos de la cultura nacional y por alentar, con todas sus fuerzas, el resurgimiento de las letras patrias. Participa también activamente en la vida de las sociedades literarias y científicas de México, destacándose, en este aspecto, el restablecimiento que realiza del Liceo Hidalgo y su benemérita actuación en la Sociedad de Geografía y Estadística. Fue el maestro que infundió una conciencia nacional y una responsabilidad intelectual a la generación literaria que se inició en los años siguientes al triunfo de la República en 1867 y declinó hacia 1890, cuando ya se anunciaba una nueva doctrina literaria. Mientras se escuchó su mensaje tuvo siempre dispuesta la pluma para alentar y guiar a todos los que emprendían un camino o alcanzaban una meta. Los numerosos prólogos que escribió en esta época atestiguan hasta qué punto supo cumplir con el magisterio intelectual a que se vio destinado.

    No interrumpe Altamirano, en estos años, su actividad oratoria que le trae siempre nuevos triunfos, ni sus servicios al Estado. Atiende diversos cargos en la Suprema Corte de Justicia; desempeña la Oficialía Mayor de la Secretaría de Fomento en el ministerio de Vicente Riva Palacio y vuelve a ser diputado al Congreso de la Unión. Presta también notables servicios a la educación mexicana, ya desde sus cátedras en la Escuela Nacional de Comercio, en la Escuela Preparatoria, en la Escuela de Jurisprudencia y en la Escuela Normal o ya como organizador de esta última que le debe una de las bases orgánicas que la han regido.

    En 1889 es nombrado Cónsul General en España, con residencia en Barcelona. Para despedir a aquel maestro al que tanto debían, los miembros del Liceo Mexicano organizan una Velada Literaria la noche del 5 de agosto. Participan en ella con discursos, poesías, cartas o artículos, Ángel de Campo, Guillermo Prieto, Luis G. Ortiz, Juan de Dios Peza, Justo Sierra, Porfirio Parra, Manuel Gutiérrez Nájera, Luis G. Rubín, José P. Rivera, José María Bustillos y Enrique Fernández Granados. Después de algunos meses de permanencia en Barcelona —ciudad que, según Justo Sierra, le había sido “profundamente antipática”—, permuta su puesto con Manuel Payno y se establece en París. Pero aunque visitara Roma, Nápoles, Niza o Berna, sus sueños estaban siempre puestos en México. Ya enfermo, continúa honrando a su patria lejana, en congresos culturales, o enalteciendo la memoria de los héroes en los aniversarios de la Independencia mexicana. Agravada su enfermedad, se refugia en San Remo. Allí le es preciso renunciar a su último deseo de volver a México a morir. El 13 de febrero de 1893 terminan sus días, cumpliéndose así aquella superstición que siempre lo asediara por el número 13.

    En la Legación de México en París se hicieron solemnes exequias a sus cenizas, en tanto eran trasladadas a México. Fueron traídas a su patria en junio de 1893, donde, luego de celebrados funerales en la Cámara de Diputados, se depositaron en el panteón Francés. En 1934, primer centenario de su nacimiento, el Congreso de la Unión acordó que sus restos fueran trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres.

Libros

Las tres flores

1880

Clemencia: cuentos de invierno

1869

El Zarco

Paisajes y leyendas : tradiciones y costumbres de México / Ignacio Manuel Altamirano.

Obras de D. Ignacio M. Altamirano : Rimas, artículos literarios.

Textos escogidos

1800

Obra literaria