José Joaquín Fernández de Lizardi

José Joaquín Fernández de Lizardi

1776

La vida misma de Fernández de Lizardi, nacido y muerto en la ciudad de México (1776-1827), y la forma en que se desarrolló su profesión de escritor son unas de las lecciones más estimulantes que guarda la historia de nuestras letras. Era hijo de padres criollos de mediana posición, lo que hizo posible que recibiera una educación apreciable, pues estudió en el colegio de Tepozotlán y luego en el de San Ildefonso, de México, donde no llegó a graduarse. Tras de algunos titubeos literarios se inició en la vena satírica en que había de sobresalir.

    En 1811 comenzaron a aparecer versos suyos que ridiculizaban a tipos de la sociedad de su tiempo; pero antes que pretender que sus poesías se publicaran en los periódicos literarios de la época como el Diario de México, en el que se fraguaban los prestigios de la literatura oficial, Lizardi prefirió que llegaran al pueblo y las hacía aparecer en folletos y hojas sueltas, con títulos llamativos y populares, que vendía a unos cuantos centavos el ejemplar, en el expendio que él mismo tenía en una alacena del portal de Mercaderes. Por estos mismos años, primeros de la revolución insurgente, parece que Lizardi prestó buenos servicios en Taxco a esta causa, pues se le acusó de haber entregado armas y municiones a los rebeldes, por lo que tuvo que sufrir una de sus primeras cárceles. Ya en libertad, continuó publicando folletos, en prosa y verso, siempre sobre temas satíricos, de crítica social y política.

    Sólo tres días después de promulgada la Constitución de Cádiz, que decretaba transitoriamente la libertad de palabra, apareció, amparado por esa ley, el periódico más célebre de Lizardi, El pensador Mexicano (1812-1816). En él defendió la libertad de imprenta, censuró abiertamente al gobierno colonial y aun llegó a publicar una cruel sátira del virrey Venegas que motivó fuese revocada la libertad de imprenta y que el valiente escritor fuera encarcelado una vez más.

    Los años siguientes fueron duros, pues Lizardi se vio acusado por la Inquisición; pero él continuó publicando, pese a todas las dificultades y censuras, sus folletos y periódicos, entre estos últimos, la Alacena de Frioleras (1815-1816), Las sombras de Heráclito y Demócrito (1815) y el Caxoncito de la Alacena (1815-1816). Mas los censores oficiales lo molestaban con singular tenacidad, impidiéndole no sólo la libre manifestación de sus ideas sino también el medio de ganarse la vida. Entonces, para burlar su vigencia, se le ocurrió emplear la novela picaresca, que había de ser en su pluma un instrumento civilizador tan efectivo como los demás. Así nace El Periquillo Sarmiento (1816, 1830-1831), que comienza a publicar por entregas en 1816, hasta que la edición se ve suspendida en el tercer tomo a causa de que su autor, a principios del cuarto, condenaba la esclavitud y se constituía, por ello, en “el primer escritor mexicano que (en plena dominación española) se atrevió a defender a los esclavos, y a defenderlos con brío, con entereza, y sin miedo a los tiranos”. Estos últimos años de la revolución insurgente fueron el periodo de mayor actividad editorial de Lizardi. Tras El Periquillo Sarmiento y su fama vinieron las Fábulas (1817), La Quijotita y su prima (1818-1819), las Noches tristes y día alegre (1818) y la miscelánea intitulada Ratos entretenidos (1819); y por esos mismos años debió escribir su novela Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda (1832) que, aunque intentó publicarla en 1822, no se imprimiría sino un lustro después de su muerte.

    Cuando en 1820 se restablece la libertad de imprenta, Fernández de Lizardi abandona la novela —que le exigía un esfuerzo concentrado que mal se avenía con su inquietud intelectual— y vuelve a publicar sus curiosos periódicos personales de nombres siempre tan originales: El Conductor Eléctrico (1820), El Amigo de la Paz y de la Patria (1822), El Payaso de los Periódicos (1823), El Hermano del Perico que Cantaba la Victoria (1823), las Conversaciones del Payo y el Sacristán (1824) y el Correo Semanario de México (1826-1827), que publicó hasta pocos días antes de su muerte.

    Las Conversaciones del Payo y el Sacristán contienen algunos de los escritos ideológicos más importantes de Lizardi, como la Constitución de una república imaginaria, en la que, como si quisiere equilibrar sus críticas y sus opiniones negativas, propuso la organización que debería tener el mundo utópico que soñaba. Publicó también por estos años numerosos folletos sobre los más variados asuntos. Mas las revolucionarias ideas que expresaba tanto en éstos como en sus periódicos, le acarrearon nuevas cárceles y persecuciones, que no cesaron siquiera con el triunfo de la causa insurgente a la que tanto había contribuido. Desilusionado como tantos otros por las veleidades de Iturbide, lo atacó y defendió a los francmasones, lo que originó que fuese excomulgado por las autoridades eclesiásticas y se le hiciese víctima de toda clase de humillaciones. Al fin, hizo las paces con la Iglesia: “pero no admitió delito ni pidió absolución ni se retractó de errores que no había cometido”. En sus últimos años continuó probando alternativamente detracciones y honras, pero ni unas ni otras lo hacían interrumpir la publicación de sus ideas. En 1823 parece que fue desterrado de la ciudad de México por sus ideas políticas, pero en 1825 se le premiaron los servicios que había prestado durante la guerra de independencia con el grado de capitán retirado y con el cargo de editor de La Gazeta del Gobierno. Poco antes de morir, siempre acosado e infatigable, pobre y enfermo de tuberculosis, escribe su patético y reflexivo Testamento y despedida del Pensador Mexicano (1827) y aun compone su propio epitafio: “Aquí yacen las cenizas de del Pensador Mexicano, quien hizo lo que pudo por su patria”, texto conmovedor que ni siquiera llegó a emplearse, porque de sus restos, humildemente sepultados, pronto se perdió toda huella.

Libros

Si la envidia fuera tiña ¡Quantos tiñosos hubiera!

1812

Prision y Trabajos del pobrecillo Pensador Mexicano

1822

Sobra y faltan y no están cabales

1812

Las noches tristes

El Periquillo Sarniento

Don Catrín de la Fachenda